Divorcio y Matrimonio de nuevo
¿Qué postura toma Ud. en cuanto al divorcio y el casamiento de nuevo? Documento sin título

Por Jaime Fasold

Es de sabios aprovechar la experiencia positiva y negativa de otros, especialmente si son creyentes.  Por tanto, permíteme introducir el tema del divorcio y casamiento de nuevo citando la experiencia de los muchos creyentes, pastores, iglesias y profesores de seminarios durante los últimos 50 años en los EE.UU., mi país de origen.

Hasta la década de los ’60 era fácil para los pastores predicar contra el divorcio porque muy pocos en la sociedad o en las iglesias evangélicas se divorciaban.  Pero, con la década de los ’70 comenzó una avalancha de divorcios tanto dentro como fuera de las iglesias.  De repente los pastores y las iglesias se encontraban con problemas como:

  • ·      Un hombre comete adulterio.  ¿Puede la esposa casarse de nuevo por ser la persona inocente?
  • ·      Una mujer no creyente se divorcia y luego se convierte.  ¿Puede casarse de nuevo por haberse divorciado cuando no era creyente?
  • ·      Un hombre creyente comete adulterio.  Su mujer se divorcia de él.  Más tarde el hombre se arrepiente de su adulterio.  ¿Puede casarse de nuevo?
  • ·      Una mujer no creyente comete adulterio y su esposo no creyente se divorcia de ella.  Él no vuelve a casarse.  Pero, su exesposa se enamora de otro hombre.  No se casan pero viven juntos y tienen 2 hijos.  Luego, los dos se convierten.  ¿Debe la mujer casarse con ese hombre, dejar de vivir con ese padre de sus hijos, o intentar casarse con su primer esposo que sigue sin casarse?

Cara a problemas como estos los pastores de las iglesias y profesores de los seminarios corrieron a las Escrituras para ver qué decían en cuanto al divorcio.  La típica posición de prohibirlo, sin más, quedaba lejos de resolver los problemas tan enredados que se presentaban.  Encontraron muy pocos textos sobre el divorcio y casamiento de nuevo, y los que sí existían eran ambiguos o difíciles de interpretar.  Cuando existe esa clase de dificultad, suele deberse a que (1) no hemos estudiado adecuadamente todos los textos pertinentes, (2) hay una palabra en el texto original de la Biblia que se emplea sólo una o dos veces y por tanto no sabemos a ciencia cierta cómo traducirla, o (3) una falta de conocimiento del trasfondo cultural o histórico de dichos textos.  Puesto que los lectores originales sí lo entendían los autores bíblicos no tenían ninguna necesidad de hacer referencia a ello en el texto bíblico.  Opino que esta última explicación es la razón por la dificultad de identificar lo que la Biblia dice acerca del divorcio y casamiento de nuevo.

La confusión que resultó se ilustra por una conversación que Carolina tuvo con el pastor de una iglesia muy grande en Canadá.  En la década de los ’70 Carolina y un servidor participábamos en una conferencia misionera en la que dicho pastor era el conferenciante.  Coincidimos con él en una de las comidas y Carolina le preguntó: “¿Qué postura toma Ud. en cuanto al divorcio y el casamiento de nuevo?”  Este pastor respondió: “¡Depende de la semana!” 

Casi cincuenta años más tarde existen entre los evangélicos 4 posiciones en cuanto al divorcio y casamiento de nuevo. 

  • ·      Puesto que Dios creó el matrimonio, es sagrado e indisoluble.  El divorcio no está permitido.
  • ·      Se permite el divorcio sólo en el caso de adulterio, pero el cónyuge inocente no puede casarse de nuevo. 
  • ·      Se permite el divorcio en el caso de adulterio y otros pecados serios, pero sólo el cónyuge inocente tiene derecho a casarse de nuevo. 
  • ·      Se permite el divorcio por cualquier motivo y los dos cónyuges pueden casarse de nuevo. 

Aunque los evangélicos no hemos podido llegar a un consenso a pesar de todos los estudios realizados durante casi 50 años el tiempo ha mostrado que una de estas posiciones con cierta modificación tiene más apoyo bíblico que otras.  Por tanto, no se trata de elegir la interpretación que más nos guste.  Lo que creemos y hacemos debe basarse en lo que dicen las Escrituras, no lo que queremos que digan.

         Hay 4 textos (Isa. 50:1; Jer. 3:1; Miq. 2:9; Mal. 2:14-16) que hacen referencia al divorcio pero que no proveen ninguna luz sobre las muchas preguntas que tenemos.  Hay otros 6 textos que merecen nuestra atención, 4 de ellos de suma importancia.

Éxodo 21:10-11.  Los versículos anteriores describen como un amo se casa con una esclava suya.  Luego, toma una segunda esposa.  Como suele ocurrir en estos casos el marido favorece a la segunda esposa a expensas de la primera.  Sin tomar el tiempo para considerar por qué Dios permitió la poligamia y la esclavitud en el AT, centrémonos en los principios encontrados en este texto:

  • ·      El marido tiene la responsabilidad de proveer a su primera esposa alimento, ropa y “el deber conyugal”, una frase que todos entienden como el acto sexual.  Como hay en que un abrazo significa más para una esposa que el acto sexual, algunos incluyen el afecto y cariño en la frase “el deber conyugal”. 
  • ·      Aunque la esposa sea esclava, tiene el derecho a divorciarse de su marido si no le provee de alimento, ropa y el deber conyugal.  Por tanto el pedir el divorcio no es un derecho sólo del marido, como lo era en tiempos de Jesús.
  • ·      Si una esposa tiene el derecho a divorciarse de su marido por no cumplir con sus obligaciones, por lógica el marido tiene el mismo derecho si su esposa no prepara la comida, no lava y repara la ropa, o no cumple con su deber conyugal. 

         El principio queda claro, pero su aplicación no tanto.  O sea, ¿cuánta comida y de qué clase; cuánta ropa y de qué marca; y cuántas veces debería cumplir un cónyuge su deber conyugal?  Los rabinos discutieran estas preguntas.  Aunque nos reímos de algunas de sus respuestas a estas preguntas y aunque rechazamos su legalismo en algunos casos, el hecho es que hicieron bien en intentar aplicar el principio de este texto a la vida diaria.  De lo contrario, el principio queda como mera teoría.  El abuso emocional es una forma extrema de negligencia en cuanto al “deber conyugal” si incluimos en esas palabras el concepto de cariño y afecto.  El abuso físico tendría que ver con “alimento y ropa” ya que en lugar de proteger y alimentar el cuerpo su esposa, el marido lo coloca en una situación de peligro.[1]

         Deuteronomio 24:1-4.  El hombre que encuentra “alguna cosa indecente” en su esposa puede divorciarse de ella.  Pero, si ella se casa con otro hombre y luego se divorcia de él, el primer marido no puede casarse de nuevo con ella.  La mayoría de los eruditos bíblicos entienden “alguna cosa indecente” como una referencia a la inmoralidad sexual, probablemente el adulterio.  Además de añadir un cuarto motivo como base del divorcio es interesante notar que este texto no condene el casamiento de nuevo del primer marido, ni siquiera el casamiento de nuevo de su esposa aunque ella cometió provocó el divorcio por un acto indecente suyo. 

         Mt. 5:31-32.  “También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio.  Pero yo os digo que el que repudia a (se divorcia de) su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere (si ella vuelve a casarse); y el que se casa con la repudiada comete adulterio.”  A primera vista parece que este texto contradiga Éx. 21:10-12, lo cual permite el divorcio por otros 3 motivos que no tratan de pecados sexuales.  Trataremos este problema en nuestra consideración de Mt. 19:3-12.

         Lc. 16:18.  “Todo el que repudia a (se divorcia de) su mujer, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada del marido, adultera”.  A primera vista parece que este texto contradiga Dt. 24:1-4 donde un hombre se casa de nuevo sin que la ley le condene.  Trataremos este problema en nuestra consideración de Mt. 19:3-12.

         Mt. 19:3-12 (y su texto paralelo Mc. 10:2-12).  Este es quizás el texto más importante sobre el divorcio y casamiento de nuevo en el N.T.  Puesto que hay evidencia suficiente y más que clara que Mateo escribió su Evangelio para lectores judíos, un entendimiento de las creencias y prácticas judías en cuanto al divorcio y casamiento de nuevo nos servirá de mucha ayuda. 

         Unas décadas antes de que Jesús comenzó su ministerio el famoso rabino Hillel (c. 110 a.C.-10 d.C.) estableció un quinto motivo para el divorcio.  Al leer Dt. 24:1 se quedó perplejo porque la palabra cosa parecía sobrar en la frase “alguna cosa indecente”.  ¿Por qué Moisés no dijo simplemente “alguna indecencia”?  De ahí que Hillel concluyera que “alguna cosa” significaba “cualquier cosa”.  En base a esta interpretación entendió que había dos bases adicionales para el divorcio: el adulterio y el “Divorcio por Cualquier Causa”, una frase que llegó a convertirse en un término legal. 

         Luego, los discípulos de Hillel llegaron a dos conclusiones más: (1) sólo el hombre tenía el derecho a pedir el divorcio puesto que Dt. 24:1-4 cita a un marido que pide el divorcio, efectivamente ignorando que era la mujer (¡encima una esclave!) que pidió el divorcio en Éx. 21:10-11, y (2) si la esposa quema la cena, es base suficiente para pedir el divorcio, una aplicación ridícula del principio de Éx. 21:10-11 de que la mujer tenía responsabilidades en cuanto al “alimento”.

         El rabino Shammai (50 A.C.-30 D.C.) discrepó con la interpretación de Hillel.  Insistió que “una cosa indecente” sólo se refería al adulterio, no a “cualquier cosa.”  Sin embargo, el pueblo prefirió la interpretación de Hillel; era más atractivo porque el marido no tenía que probar nada en un tribunal, así evitando una situación embarazosa e humillante. 

         Así que cuando Jesús comenzó su ministerio el “Divorcio por Cualquier Cosa”, un término legal que todos conocían, era la práctica común.  La fórmula de Éx. 21:10-11 (alimento, ropa, deber conyugal) se usaba sólo en contadas ocasiones, y para finales del siglo I su uso  había desaparecido por completo.  Si se podría pedir el “Divorcio por Cualquier Cosa”, Éx. 21:10-11 sobraba para justificar el divorcio.

         v. 3 – Teniendo en cuenta este contexto histórico, lo que querían saber los fariseos era si Jesús estaba de acuerdo con Hillel o Shammai.  Es de suma importancia recordar que el debate entre estos dos rabinos giraba alrededor de si Dt. 24:1 contemplaba solamente el adulterio o también “cualquier cosa” como motivo de divorcio.  Por tanto la frase de Jesús, “salvo por causa de fornicación” (v. 9), no tenía nada que ver con Éx. 21:10-11 donde encontramos otros 3 motivos.[2] 

         v. 4 – Como Jesús tenía más interés en el matrimonio que el divorcio, les respondió con la pregunta: “¿No habéis leído que él que los hizo al principio, varón y hembra, los hizo?”  O sea, el matrimonio consiste en la unión entre un hombre y una mujer, no dos personas del mismo sexo. 

         v. 5 Entonces cita Gn. 2:24, un texto que define los tres elementos esenciales del matrimonio.[3] 

         v. 6 – Jesús subraya el hecho de que los dos cónyuges ya no son dos personas, sino una sola persona.  “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre”.  Esta frase plantea la cuestión de quién casa a la pareja.[4]  Sea lo que sea nuestra respuesta a esta pregunta, la frase da a entender que en los designios de Dios el matrimonio debe durar “hasta la muerte nos separe”. 

         v. 7 – Pero los fariseos no se dan por vencido.  Si el matrimonio tenía que durar “hasta la muerte nos separe”, “¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla?”  Los fariseos creían que el divorcio era obligatorio si (según Dt. 24:1) la mujer cometiera adulterio.

         v. 8 – Jesús responde que Moisés permitió el divorcio debido a “la dureza (“testarudez”) de vuestro corazón”, pero no lo mandó.  El plan de Dios para el matrimonio fue “hasta la muerte nos separe”.  Pero, al no obedecer la ley de Dios, el hombre se mete en cada lío.  En lugar de dejarle a su suerte, Dios en su misericordia le provee una salida.   

         Sin lugar a dudas Jesús creía que el principio de Lc. 17:4 tenía una aplicación en el matrimonio: “Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.”  El divorcio sólo debe contemplarse como solución cuando uno de los cónyuges rompe sus votos matrimoniales en repetidas ocasiones sin arrepentirse.

         v. 9 – En este versículo y su pasaje paralelo (Mt. 5:32) no aparece la palabra “adulterio” sino “fornicación” (porneia).  El adulterio es el acto sexual por parte de una persona con alguien que no sea su cónyuge.  La palabra “fornicación” tiene dos significados en el NT: (1) el acto sexual por parte de un soltero, un significado que no tendría sentido en Mt. 19:9 que se trata de una persona casada; y (2) pecados sexuales en general, como el adulterio, el incesto, la homosexualidad, etc.  Este segundo significado sí tiene sentido en Mt. 19:9.  O sea, cualquier pecado sexual (adulterio, homosexualidad, incesto, etc.) es una base justificada para el divorcio. 

         Cuando Jesús dice que la persona que se divorcia de su cónyuge por motivos que no sea la fornicación, y comete adulterio cuando se casa con otra persona, en efecto dice que su divorcio a base de “Divorcio por Cualquier Causa” no es válido y por tanto sigue casado con su primer cónyuge.  No ignora los motivos citados en Éx. 21:10-21, sino que responde a los fariseos en cuanto a su pregunta sobre Dt. 14:1-4.

         vv. 10-12 – Los discípulos estaban escandalizados porque los rabinos enseñaban que cada judío tenía la obligación due casarse y tener hijos para cumplir el mandamiento de Gn. 1:28 (“Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra…”).  Pero, Jesús les dice que no era necesario casarse.  Cristo no rechaza la enseñanza de Gn. 1:28, sino una interpretación errónea de ese texto. 

         1 Co. 7:10-17.  En 1 Corintios nos encontramos en un contexto romano.  Por tanto, nos conviene saber cuáles eran las leyes romanas en cuanto al divorcio y casamiento de nuevo.

         Igual que los judíos, los súbditos romanos estaban obligados a casarse, aunque por otro motivo.  Augusto César, el mismo de la historia navideña de Lc. 2:1, notó que muchos jóvenes no quisieron casarse y tener hijos porque querían seguir con su práctica de ligar con muchas mujeres.  Para que no faltaran hijos legítimos y legales en los hogares romanos y para que la familia como unidad no se debilitara, en 18 a.C. Augusto César introdujo una ley que obligaba a cada hombre romano a casarse. 

         No obstante, bajo la ley romana tanto la esposa como el esposo podría terminar su matrimonio cuando le daba la real gana.  Sólo tenía que marcharse de la casa (si no era el propietario) o mandar a su cónyuge que se marchara.  Era una solución rápida y conveniente porque no era necesario probar nada en un tribunal.  Lo malo era que dejaba atrás a muchas víctimas.  No sólo era innecesario tener una buena razón para divorciarse, no tenía que tener ¡ninguna razón!  Bajo la ley romana el “divorcio por separación” era demasiado fácil.

         vv. 10-11 - Pablo se les prohíbe a los creyentes en Corinto el “divorcio por separación”.  Si unos cónyuges creyentes insisten en separarse, no podían casarse con otro (porque siguen casados) y tienen que hacer un esfuerzo para reconciliarse (v. 11).  Esta enseñanza de Pablo contradice por completo la ley romana.  Por tanto, no es una opción para el creyente recurrir a las leyes del país como base para divorciarse.  No obstante, en el caso de que uno de los dos insista en divorciarse amparándose en las leyes de su país, no hay nada que el otro cónyuge puede hacer.  Queda divorciado, igual que en el caso de un creyente casado con un no creyente que se separa (divorcio) de él (v. 15).

         vv. 13-15 - En Esdras 10:9-11 los judíos fueron mandados a divorciarse de sus esposas cananeas por no ser creyentes.  Es posible que este texto motivara a algunos en la iglesia en Corinto a considerar la posibilidad de separarse de su cónyuge no creyente.  Pablo dice que si el no creyente consiente seguir con el creyente, el creyente no debe abandonar el matrimonio.  Pero si el cónyuge no creyente insiste en abandonar a su cónyuge creyente, no hay nada que hacer.  El creyente debe considerarse como divorciado bajo la ley romana (v. 15). 

 

Resumen:

         Hemos visto que la Biblia apoya el divorcio en casos de (1) negligencia en cuanto a la provisión de comida, ropa, o “el deber conyugal” – Ex. 21:10-11; (2) inmoralidad sexual – Dt. 24:1-4; Mt. 19:9; y (3) abandono – 1 Co. 7:15.  Mirando este conjunto de bases para el divorcio, me quedo con la impresión de que la lista no es exhaustiva.  Sea cual sea el caso, el hecho es que cada una de estas razones representa una cuestión de peso, no una idea frívola.

         No obstante, el divorcio no es obligatorio (Mt. 19:7-8).  Donde hay verdadero arrepentimiento por parte del culpable, el cónyuge inocente debe perdonarle (Lc. 17:4).  Si los cónyuges son creyentes y deciden separarse, no deben casarse con otro y deben hacer un esfuerzo por reconciliarse.  En el caso de un cónyuge no creyente que insiste en divorciarse de su cónyuge creyente, por la razón que sea, y si las leyes de su país le ampara, no hay nada que hacer.  El creyente debe considerarse divorciado.

         La Biblia trata más bien de forma directa la cuestión del divorcio, citando las bases para dicha decisión, pero más bien indirectamente la cuestión de casamiento de nuevo.  No obstante, parece bastante evidente que el partido inocente tiene todo derecho a casarse de nuevo por cuanto Éx. 21:10-11 y Dt. 24:1-4 hablan de ello como algo normal.  Hasta incluso Dt. 24:2 apoya el casamiento del cónyuge culpable del divorcio.  Lo que sí condena Jesús es el divorcio y casamiento de nuevo de una persona que se ha divorciado por cualquier razón no aprobada por las Escrituras (Mt. 19:9).

 

Consejos pastorales

         1.  Dios odia el divorcio - El divorcio nunca fue el plan de Dios para el matrimonio.  El divorcio representa uno de los fracasos más dolorosos y dañinos para los implicados.  No hay herida más profunda ni golpe más bajo a nuestra autoestima que el dejar a nuestro cónyuge, nos conoce como nadie nos conoce, sólo para que nos diga: “No te quiero”. 

El divorcio nunca acaba; es como una muerte continua.  Cada vez que coincides con tu ex-mujer en los cumpleaños y otros eventos especiales de tus hijos, la herida se abre otra vez.  Nunca se cicatriza definitivamente. 

En cuanto a los demás, es increíble el precio que otras personas pagan cuando un cónyuge decide divorciarse.  En generaciones anteriores las personas tomaron en cuenta el impacto que tendría sus actos y decisiones sobre familia, iglesia y comunidad.  Con el “individualismo sobre todo” tan característico del siglo XXI cada uno hace lo que le da la real gana sin importarle las consecuencias de sus actos para los demás.

En la década de los ’90 una profesora de Harvard University hizo una investigación de los efectos del divorcio en los hijos.  Descubrió que: (1) a no ser que haya abuso sexual o físico, es mejor para los niños que los padres no se divorcien.  Por malo que sea su matrimonio, el divorcio hace aún más daño.  O sea, el argumento de que “tengo que divorciarme de mi marido para proteger a mis hijos” no puede sostenerse.  (2) Es el hijo mayor, no el menor, él que sufre más el divorcio de sus padres.  En muchos casos el daño no se nota hasta años más tarde.

         2.  No obstante, Dios permitió el divorcio – En el AT Dios dijo claramente qué clase de vida esperaba de sus hijos, y en el N.T. envió al Espíritu Santo para morar en ellos para ayudarles a alcanzar esa vida santa.  Sin embargo, algunos hijos suyos pasan de sus instrucciones y desobedecen consciente y descaradamente al Espíritu Santo.  Como consecuencia se meten en cada lío.  Pero, en lugar de lavarse las manos y abandonar a su suerte, Dios en su gracia y misericordia les provee el divorcio como salida. 

Las Escrituras no obligan al partido inocente a pedir el divorcio.  La reconciliación es posible.  Pero, hay unos requisitos mínimos que los cónyuges tienen que rellenar.  (1) Tratar sus problemas a tiempo.  Los problemas matrimoniales son como el cáncer; si no se cogen a tiempo, llega un momento en que no hay nada que se puede hacer.  (2) El arrepentimiento genuino y completo.  El arrepentido aceptará la responsabilidad por su pecado, aceptará las consecuencias – vengan de donde vengan – sin quejarse, y hará lo que sea posible para reparar el daño que ha hecho.  No menospreciemos el tremendo daño que la infidelidad sexual hace al cónyuge inocente y las grandes dudas que suscita (lo ha hecho una vez; ¿lo hará de nuevo?).  Un matrimonio se construye sobre la confianza que cada cónyuge tiene en su pareja.  Cuando esa confianza se destruye, es muy difícil recuperarla.  La solución es un arrepentimiento genuino y completo.

         3.  Los divorciados no deben casarse de nuevo hasta que hayan resuelto su parte en el fracaso de su matrimonio anterior – Ningún cónyuge es 100% culpable del fracaso de su matrimonio; ni tampoco son los dos cónyuges igualmente culpables (50%-50%).   Los dos tienen alguna parte en el fracaso, aunque sea 90%-10%.  Es posible que un marido haya encontrado el adulterio muy atractivo porque su esposa no cumple con su deber conyugal (1 Co. 7:1-5).  Las estadísticas dicen que el momento en que un marido es más vulnerable ante la tentación de cometer el adulterio es justo después del nacimiento de su primer hijo.  La mujer se vuelca tanto en los gozos de tener su primer bebé que se olvida de su marido.  Es posible que una esposa cometa el adulterio porque su marido no se interesa por ella, no toma el tiempo para hablarla y no aprecia su labor como madre, ama de casa, y empleada en una tienda de comestibles para que la economía de la familia siga a flote. 

Más de un 60% de los divorciados que se casan de nuevo vuelven a divorciarse.  Como no han descubierto ni han resuelto los pecados suyos que tuvieron una parte en destruir su primer matrimonio, llevan esos mismos pecados a su segundo matrimonio donde de nuevo causan estragos y destrucción. 

         4. El divorciado que contempla el casamiento de nuevo debe consultar a los líderes de la iglesia.  Primero, porque tienen la responsabilidad de velar por el bien espiritual de los miembros de la iglesia (He. 13:17; 2 P. 5:2), los líderes de la misma deben contar con una sabiduría y un discernimiento espiritual que corresponde a dicha posición.  Es el la multitud de esta clase de consejeros que hay seguridad (Pr. 11:14).  Los amigos que ya están de acuerdo con la opinión de la persona que contempla el divorcio, y los predicadores de visita que no tienen todos los detalles son los peores candidatos.

Segundo, si lo que el divorciado pretende lograr es estabilizar su vida como creyente, la cual se ha tambaleado debido a un matrimonio mal avenido, debe contar con el visto bueno de los líderes de la iglesia.  No es lógico ni justo casarse de nuevo sin consultar a los líderes de la iglesia, y aún peor en contra de sus conejos, y luego pedirles que te ayuden a resolver los problemas serios que surgen en tu nuevo matrimonio que podrían haberse evitado al consultarles y seguir sus consejos.

Después de estar casado 47 años con la misma persona, testifico que el matrimonio es bueno y que es posible tener un matrimonio feliz.  Por supuesto cuesta trabajo, pero vale la pena.

Animo a cada joven a no entrar ligeramente en el matrimonio.  Es la decisión más importante que tomará en su vida aparte de la decisión de aceptar a Cristo como su Salvador.  Si se equivoca, las consecuencias son muy duras.  Y ruego a todos que, si algún día se enfrenten con problemas en su matrimonio, que no esperen hasta que ya no hay vuelta atrás, para buscar ayuda.  Para eso son los hermanos en general y los líderes de la iglesia en particular.  Lo que está en juego en su matrimonio no es tanto su propia felicidad, sino la gloria de Dios.

Jaime Fasold
Octubre, 2012



[1] El hecho de que la esclava tenía que marcharse de casa “sin dinero” no sería aceptable en las sociedades del siglo XXI.  Para apreciar (en lugar de criticar) lo positivo de este texto como conjunto, conviene entender su fondo histórico.  En los pueblos del Oriente Medio de aquellos años el hombre tenía el derecho de abandonar a su mujer e hijos, sin proporcionarles ninguna clase de remuneración, y tener el derecho de volver más tarde para reclamarla a ella y a sus hijos como propiedad suya.  Esta ley hizo difícil si no imposible que la mujer se casara con otro puesto que su primer marido podría aparecer cuando sus hijos eran capaces de trabajar la tierra y arrebatarla de su segundo marido.  ¿Qué hombre estaría dispuesto a casarse con ella bajo estas condiciones?  Los eruditos bíblicos creen que Éx. 21:10-11 permitió a la mujer casarse de nuevo sin correr la interferencia de su primer marido.

[2] Cabe la posibilidad de que Mt. 19:9 represente un ejemplo del principio de interpretación bíblica llamado el absoluto por el relativo.  Una declaración absoluta emplea palabras como “nunca, no, sólo, jamás, siempre, etc.”  Es una frase que no admite excepciones.  “No” es no, y “nunca” es nunca.  Con este principio de la interpretación bíblica, cuando un autor bíblico emplea una frase absoluta, quiere que le entendamos de forma relativa.  No hay muchos ejemplos del absoluto por el relativo, pero los que sí tenemos son claros y fáciles de entender.  Por ejemplo:

En Lc. 14:12-13 Jesús dice al que le había invitado a comer en su casa: “Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado.  Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos.”  Jesús dice “no”, ¿no?  Pues, ¡no!  En toda probabilidad el anfitrión era de esas personas que sólo invitaba a sus amigos y personas importantes como Jesús, nunca a personas que realmente necesitaban de la comida que tenía.  Para arrastrar a ese anfitrión a una posición equilibrada, Jesús tira al otro extremo, insistiendo que invite sólo a personas necesitadas.  Si no entendemos a Jesús de forma relativa (invita también a los pobres de vez en cuando), muchos de los presentes han pecado por invitarme a comer en su casa.

En 1 P. 3:3-4 el apóstol Pedro dice a las mujeres: “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.”  Pedro dice “no”, ¿no?  Pues, ¡no!  Aparentemente había mujeres en las iglesias del siglo I que dedicaban demasiado tiempo y dinero a ponerse guapas, olvidándose de la necesidad de cultivar una belleza interior.  Para arrastrar a esas mujeres a una posición equilibrada, tira al otro extremo, insistiendo que abandonen ciertos adornos externos.  Si no entendemos a Pedro de forma relativa (dúchate, péinate, y hazte guapa, por favor; pero no te olvides de hacerte bella por dentro), muchas mujeres presentes están pecando por llevar anillos que llevan oro y diamantes.

Para contrarrestar a los judíos que se divorciaban por motivos tontos y caprichosos como el quemar la cena, Jesús tira al otro extremo, en efecto diciendo que la base del divorcio tiene que ser algo seria.  Evidentemente, queda la tarea de identificar las causas serias.  Pero, lo que queda claro es que muchos se divorcian por razones que todos reconocen como poco serias.

En cualquier caso, llegamos a la misma conclusión que la del trasfondo que tiene con el rabino Hillel.

[3] Lo interesante de este texto es que Cristo incluye la palabra dos en la frase “y los dos serán una sola carne”.  Aunque la palabra dos no aparece en el texto hebreo original, muchas de las traducciones del A.T. a otros idiomas que existían en tiempos de Jesús sí la incluían, como la Septuaginta, la traducción oficial del A.T. al griego que se realizó c. 250 a.C.  En el siglo I la poligamia era muy común en Palestina, el único lugar donde la ley romana la permitió.  Por eso es probable que Jesús usara la palabra dos para insistir que el plan divino desde el principio contemplaba el matrimonio como una unión entre solamente dos personas.

[4] Hay quienes entienden estas palabras para decir que Dios casa a la pareja, y por tanto, el matrimonio es indisoluble.   O sea, se prohíbe el divorcio, una clara contradicción de otros textos.  Esta posición nos obliga a preguntar: ¿Quién casa a la pareja: Dios, la iglesia, el estado, o la pareja misma?  Si respondemos que Dios casa a la pareja, nos metemos en otros problemas: (1) ¿Dios casa a los no creyentes?  Dile a tu vecino que no está casado porque no es creyente.  (2) ¿Dios casa a dos personas cuyo carácter peleón e inmadurez harán estrellar su matrimonio en tres meses?  (3) ¿Dios casa a una pareja mixta [uno es creyente, el otro no] a pesar de condenar dicho en varios textos bíblicos?  (4) Si contestamos que “no” a cualquier de estas preguntas, ¿cómo podemos saber cuando Dios ha unido en matrimonio a dos personas, y cuándo no? 

Frente a estos problemas muchos entienden la frase “lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” en el mismo sentido de Ro. 13:1 (“Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas.”).  Cuesta creer que Dios interviene de forma directa para colocar en una posición de autoridad a un tirano o dictador.  Por cuanto Dios estableció el principio de gobierno, lo apoya sin que eso signifique que coloca directamente en poder a los que gobiernan. 

De la misma forma, mientras que Dios no casa directamente a cada pareja, sí apoya la institución del matrimonio por ser su creador.  Por tanto, que ningún hombre menosprecie la institución del matrimonio, ni perjudique ni destruya su propio matrimonio ni el de otro.

©2011 Iglesia Evangélica de Amara | Todos los derechos reservados.