Lo importante y lo que importa
Este no es un año fácil para nadie. Vivimos rodeados de noticias que nos abruman y de circunstancias que nos preocupan.
Vemos que la sociedad está rodeada de una corriente de pesimismo que invade a muchas personas que viven envueltas en la red del desencanto y el fatalismo. También hay cristianos que en medio de esta realidad que nos envuelve, bajan sus brazos y caminan angustiados con un sentimiento de derrota.

La Palabra de Dios está llena de indicaciones que nos dicen cuál debe ser la actitud que debemos tener frente a la vida y que somos nosotros quienes escogemos la manera en cómo queremos vivir. Filipenses 3:12-14, nos dice que tenemos que tener una actitud de perseverancia en medio de la lucha.

El apóstol Pablo está en la cárcel cuando escribe estas palabras. El tiene tras de sí un pasado de grandes victorias y también grandes derrotas. En la vida no todo le fue bien. Pero en vez de lamentarse, olvida lo que queda atrás y camina hacia lo que está delante. Este texto nos habla de la importancia de seguir, luchar y perseverar en la vida. De no dejarse llevar, de no dejarse vencer. Y son varias las cosas que nos pueden detener para no avanzar.

La primera es pensar demasiado en las victorias del pasado (v.13). Este es el síndrome del campeón, que dice: “Ya he llegado, y aquí me quedo, viviendo de rentas y de las victorias del pasado”. Los éxitos del pasado pueden ser un freno para ir hacia delante en la vida. El Señor nos ha permitido ver su mano y las victorias que Él nos ha dado. Tenemos igualmente la salvación en Cristo y las bendiciones que recibimos de Él cada día. Pero ¡cuidado!, las mayores bendiciones y las mayores victorias que hayamos obtenido pueden ser un freno para poder avanzar en la vida cristiana.

La otra cosa que nos puede detener para perseverar, son los fracasos. Las personas que han fracasado una y otra vez piensan que ya no merece la pena seguir, porque temen fracasar de nuevo. ¿Cuántas veces fracasaste, cuántas veces fallaste? No es esto lo que más importa, sino la actitud que debemos tener para perseverar en la lucha, pues la única batalla que se pierde es aquella que se abandona.

El mayor fracaso no es haber fallado, sino el no haberlo intentado. Y la actitud correcta es esta: “prosigo a la meta, …me extiendo a lo que está delante” v.12-13. Tenemos que cambiar de actitud. Tenemos que dejar de mirar a los triunfos y a los fracasos. Hay que seguir adelante, en actitud de dependencia con el Señor.

Hay un pequeño poema que recoge muy bien esta idea:

“Un velero va hacia el Este
y otro hacia el Oeste,
con el mismo viento soplando.
Pero es la vela y no el viento
lo que determina hacia dónde va el velero.
Es el deseo del alma
y no la tempestad o la calma
lo que decide la meta
y el destino de nuestra vida”.


Podríamos decirlo de otra manera: no es la APTITUD, sino la ACTITUD, lo que determina la ALTITUD de las personas. Y es la actitud que nosotros tengamos y no las circunstancias, lo que determinará el rumbo de nuestra vida. El Señor dice que los que esperan en Él, tendrán nuevas fuerzas y que levantarán las alas como las águilas. ¿Qué más podemos hacer para que todo esto suceda?

1. Presenta tu cuerpo a Dios como sacrificio vivo
2. Llena tu vida con la Palabra de Dios
3. Ora sin cesar
4. Mantente estrechamente ligado a la iglesia
5. Mantente ocupado en tu servicio al Señor
6. Disciplina tu cuerpo. - Buenos hábitos de comida, trabajo y descanso
7. Guarda tu corazón.

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